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JUGUETES VIVOS
Hace un frío de mil demonios ahí afuera, que parece como si llegara la próxima glaciación antes de tiempo. Si es que no es un tiempo decente para un reptil serio como lo es este servidor de ustedes, que en el pasar de esas horas aburridas de este largo invierno se ha puesto a revisar su correo con diligencia y atención. Y en esa masa informe de mensajería emaílica, donde se funden las letras y palabras por miles y millones en una ciénaga de espam, aparece como por encanto un mensajito listo para leer y servir.
Un compañero todo corazón y caparazón me envía este jugoso mensaje que no tiene desperdicio en lo que dice, ni en lo que no dice. Y no me he podido resistir de compartirlo con todos vosotros para que cada cual se suba al carro y vea si el retrato que nos propone este testudioso amigo coincide con el reflejo que nos devuelve el espejo a cada uno de nosotros todas las mañanas.
El mensaje comienza así:
" Al final me he decidido por enviarte este mensaje porque para serte sincero estoy hasta más arriba del peto y el caparazón incluido y la madre que lo trajo, de la vida que me ha tocado vivir en manos de nuestros amigos los seres humanos.
Hace más de un cuarto de siglo que llegué a la casa de mi actual cuidador, era todavía una joven tortuga de tierra monda y lironda, sin más gracia que el renqueante andar y sin más color que un tono marrón anodino. Una tortuga del montón de las que se apilan a miles en tiendas y almacenes esperando la muerte rápida o lenta, dependiendo por supuesto de la diosa fortuna.
Mi llegada a la casa de mis desdichas fue la entrada triunfal de un pequeño ser que se enfrenta con otro pequeño ser. En este caso la de una pobre tortuguita que cae en las manos ávidas de apretones y traqueteos de un pequeño diablillo humano. Así llegué yo a la casa. Llegué un día tal que hoy para ser el juguete vivo de cumpleaños de un pequeño mocoso que me atrapó al segundo de verme y ya empezó al siguiente segundo a diseñar en su tierno cerebro todo tipo de torturas sutiles para los siguientes días.
La vida en aquellos tiempos era un sin vivir. Era el esperar que el pequeño monstruo de ojos grandes y mofletes sonrosados me agarrara con fuerza y me expusiera a sus ideas innovadoras. Una de las primeras fue la puerta. Elemento de una vivienda que en manos de un infante humano puede ser más letal que las cámaras de gas de un campo de concentración nazi. Fue el azar, y que a buen seguro no me había llegado mi hora aún, lo que condujo los pasos del cabeza de familia hasta el último piso de la casa, reducto de maldades infantiles plagado de juguetes mutilados, justo en el preciso instante en que atrapado en el canto de la puerta el pequeño torturador se disponía a empujarla con intenciones de dar un portazo y despachurrar de un solo golpe a esa pequeña tortuga que pataleaba con miedo y desesperación.
Me salvé por los pelos de la puerta en más de cinco ocasiones, y es aún que me sigo asustando cuando paso cerca de una.
La vida en aquella casa estaba llena de sorpresas que me impedían el aburrimiento. Estado por otra parte deseable para una tortuga que se precie. Para que esto no ocurriera un felino gordo y zalamero se entretenía de vez en cuando en recordármelo. Y me hacía víctima de sus instintos más reprimidos. Este gordo y feo gato que no podía coger a un ratón ni aunque el roedor fuera cojo y le faltara un ojo, si que podía en cambio atrapar entre sus dientes el caparazón de la pobre tortuga. El gato suponía el colofón para no saber por donde vendrían los tiros diarios. En cualquier momento precedido de un bufido intimidador me veía levantado del suelo y apretado con fuerza por el mimado animal. Y en más de una ocasión acabé en el jardín arrojado al fondo de un agujero viendo pasar mis últimos minutos de vida mientras el felino me enterraba con propósitos higiénicos y homicidas.
El gato no acabó conmigo y aquí sigo, y sé que aunque tenía siete vidas, y en todas ellas invirtió su tiempo con aplicación para hacerme la vida imposible, al final subió al cielo de los gatos, bendito de dios. En eso le gané yo.
Pasar a la edad adulta fue toda una aventura. Fue a pesar de las comidas, escasas y poco acertadas, con aquellos piensos insípidos y duros que me ponían una y otra vez como única dieta. Si hubiera sabido escribir habría puesto en la pared con una brocha la palabra sol. Así en grande y en rojo, para ver si alguno de aquellos seres inteligentes que me rodeaban eran capaces de darse cuenta que esa pequeña tortuga que languidecía arrastrándose por el terrazo del salón necesitaba más tomar una dosis de sol, cálido y enriquecedor, que darse baños de agua en la bañera cada dos por tres.
La vida de ocupa doméstico me deparó algunas situaciones irrepetibles. La mejor, la más surrealista y la que siempre recordaré con una mezcla de nostalgia y miedo fue mi aventura hipógea por ese mundo de oscuridad que formaba la gran alfombra persa del salón. Una tarde de esas en que mis andanzas se dirigían a la búsqueda del sol, no sé ni como ni porqué, acabé metiéndome por error por debajo de la gran alfombra que adornaba el salón. Era una enorme, una inmensa alfombra persa, tan grande como todo un continente en la escala tortuguil, que ocupaba toda la superficie del suelo del salón principal del hogar. Me colé por debajo por error aprovechando un pliegue en un lateral que me condujo a un mundo de oscuridad, mezcla de miedo y libertad. Allí estuve, debajo de esa alfombra inmensa durante toda una semana, deambulando en todas direcciones sin poder encontrar la salida. Al principio con miedo y después con alivio. Fue la semana más tranquila que pasé en el hogar de los tortura-tortugas, como me gustaba llamarlos por aquellos días. Hasta que al final, y de una forma tan fortuita como cuando entré, salí a la luz exterior y mi aventura espeleológica terminó casi en el mismo sitio donde empezó. Realmente nunca he llegado a saber si la familia me echó de menos o no se percató de mi ausencia. Quizá ni se dieron cuenta y si hubiera muerto debajo de la alfombra habría quedado allí, como si de una pequeña colina se tratara. Como un cenotafio en recuerdo de la pequeña tortuga que un día desapareció sin dejar rastro; pequeño promontorio funerario en una inmensa alfombra persa.
Los años han pasado y ya solo tengo un recuerdo lejano de todo esto. El infante creció y perdió la ansiedad por desmembrar juguetes o aplastar tortugas. Y la robusta tortuga ya adulta ha terminado casi olvidada en una esquina húmeda, entre viejos papeles de periódico en el cobertizo del jardín.
Al final algo más de tranquilidad, algo de sol de vez en cuando y comida verde y jugosa a la carta en mis andanzas por el jardincito exterior. El olvido ha sido una bendición, y si el perro del vecino se fuera a acompañar a aquel gato traidor, mi vida ya casi podría ser tranquila.
Quien sabe. A lo mejor debo esperar aún más. Y es que el tiempo es algo que a nosotras las tortugas de tierra siempre nos sobra ".
Y esto es lo que nos contó, este colega acorazado. Que cada cofrade aguante su vela. Y si por alguna de esas casualidades de la vida, al volver la cabeza ves correr a tu pequeño con una sonrisa maliciosa en la cara y la pequeña tortuga en sus manos. No mires para otro lado, hombre. No es un juguete. Es un ser vivo y eso en sí mismo ya debería bastarte.
Abrigaros bien y no la liéis mucho. Hasta la próxima...
Physi
Texto: Dr. Pez
Dr. Pez © Jesús Salas y Carlos Garrido, 1997-2009. España

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