Por Luty

 

Una cámara de fotos a la que se tenga mucho cariño, una mochila, alguna vacunilla, dólares y muchas ganas es el equipaje necesario por cualquier viajero aficionado a los lugares secretos donde habitan nuestros animales del terrario.

Una mañana húmeda y fresca de primavera me saluda cuando me afano en colocar todo mi equipo para pasar unos días inolvidables en otro lugar distante del planeta. Nada puede faltar, el equipo de fotos, el repelente de insectos (ya no viajo a "sitios" como el que os contaré sin él), dinero, pasaporte... mil cosas de última hora, y la sensación inquietante que siempre tengo de dejar algo necesario en casa.

Siempre me agobio muchísimo con los últimos minutos de la salida a unos de estos viajes que tanto me gustan. Las sensaciones se me agolpan en la cabeza e imagino mil imágenes de selvas, reptiles misteriosos, y ¿por qué no? Una nueva especie por descubrir. Me sonrío con este pensamiento, y salgo rápidamente para el aeropuerto. El avión que me llevará miles de kilómetros por encima del azul océano Atlántico hacia el Caribe, está ya dispuesto en la pista.

Despega y la aventura comienza para mi. Embelesada con el pasar de nubes indolentes por la estela del avión, sigo pensando en lo que podré ver y en cómo deberé afrontar el realizar fotos interesantes y los sitios que merecerá la pena visitar. La selva es una de mis prioridades, eso ya lo tengo decidido, pero me he informado que también en la franja del palmeral costero se pueden ver colonias de reptiles arborícolas interesantes.

En estos pensamientos oigo a lo lejos el zumbido del comunicador del comandante, nos anuncia la llegada a la isla. Me incorporo casi en el asiento para mirar con atención hacía el mar y allí está. Esa pequeña joya verde del Caribe ante mis ojos va apareciendo poco a poco entre las nubes. Es República Dominicana, es la isla que los españoles llamaron La Española.

La Isla de la Española está situada entre Cuba y Puerto Rico. Son 90 kilómetros de mar Caribe lo que separan el cabo de San Nicolás (Haití) y la punta de Maisi (Cuba). Jamaica, esa otra isla de leyenda bucanera, también esta muy cerca, solo 187 kms. Se separa de La Española a través del Canal de Jamaica. Y Puerto Rico, que está solo a 112 kms. de la República Dominicana, separadas por el canal de La Mona.

Su extensión es de 77.914 km2, siendo la segunda isla del archipiélago de las Antillas. La isla en la actualidad está partida en dos por condicionantes políticos, lo que hace que coexistan en ella dos países: La República Dominicana y la República de Haití.

Su orogenia está en la convergencia de los tres plegamientos surgidos de América Central. Lo que se denomina la cadena montañosa que procede del Yucatán mexicano; el segundo, el plegamiento que sale de Belice y atraviesa las islas Caimán y levanta la Sierra Maestra en Cuba. Y la cordillera montañosa de Jamaica que se inicia en Honduras y Nicaragua. De este movimiento tectónico masivo que sacudió todo lo que es el actual mar Caribe, aparece la isla de la Española, o la Hispaniola como me gustaba decir a mi de pequeña referida a historias de aventuras de piratas.

Realmente el nombre de la isla ha sufrido algunos cambios y es en la actualidad incluso cuando aún en el mundo angloparlante se la sigue llamando la Hispaniola y en algunas publicaciones científicas.

Este nombre tan evocador de tiempos cuando los barcos aún surcaban los mares peligrosos impulsados a vela, Según el Dr. Vetilio Alfau :

Pedro Mártir de Anglería escribió sus obras en el idioma del Lacio. Así es que las ediciones de las Décadas, así como sus otras obras, aparecieron siempre en latín. En ellas, por esa causa, se lee Hispania y no España al referirse a la Península Ibérica; Hispaniola, y no Española, cuando habla de nuestra maravillosa isla. En varios idiomas aparecieron las obras de Mártir de Anglería debidamente traducidas: inglés, francés, italiano, etc.

La primera traducción al español data del año 1892. En esa traducción se lee España, en donde dice Hispania. Y se lee, aludiendo a nuestra isla, La Española, en donde Pedro Mártir de Anglería, en latín, escribía Hispaniola.

Pero, ¿por qué se divulgó y arraigó en el mundo de habla inglesa el nombre de Hispaniola como el de nuestra isla?

Porque la obra de Pedro Mártir de Anglería fue traducida al inglés en el propio siglo XVI. La traducción de la Década Cuarta tiene el siguiente título: "of Cuba, Hispaniola, and other Islands in the West Indies sea..." Las ediciones inglesas conservaron, como es natural y lógico, la ortografía de los nombres propios: Cuba, Borinquén, Quizquella. Por eso los traductores no se detuvieron, y escribieron Hispaniola, como lo vieron en el texto latino.

La primera impresión que tuve al bajar del avión y sentir la luz fuerte de ese sol insolente del trópico, era la humedad inmensa que lo bañaba todo. El calor hace que el mar se evapore de forma constante y la selva tropical se aprovecha de ese régimen de lluvias torrenciales que nos refrescaba casi todas las tardes. Es un ambiente de humedad infinita, de insectos infinitos, el paraíso de las plantas trepadoras, de las grandes palmeras... y para una recién llegada un impacto visual de color y sensaciones que me hacía olvidar casi del todo la gran cantidad de pequeños seres que ya se prestaban como buenos modelos ante el objetivo de mi cámara.

Allí estaban mis primeros amigos, los Anolis costeros, nerviosos y trepadores, correteando sin parar por la corteza de las palmeras. En una primera impresión, para el turista que solo deja posarse sus ojos unos segundos ante esta pequeña distracción para seguir deleitándose con su piña colada, pueden parecer animales alocados, pequeños juguetes que el hotel pone como una diversión más del resort.

Una visión más paciente nos va mostrando su ritual, su comportamiento afinado y complejo que les permite vivir compartiendo esos densos ecosistemas arbóreos. Un baile de cabeceos, de movimientos de patas y despliegues de apéndices en forma de rojas banderitas, son las señales que nos muestran de su interrelación en el grupo. Los machos cortejando a las hembras, desplegando la papada coloreada y a la vez marcando el territorio. Como diciendo: "amigo, este árbol es mío". Y todo en una continua cacería de insectos de los que República Dominicana tiene en exceso. Los Anolis se desarrollan gracias a ellos y la piel de los turistas también.

Dentro de la familia Polychrotidae encontramos el genero Anolis que cuenta con más de 200 especies (y 150 especies dentro del género Norops estrechamente relacionadas, que a veces se incluyen en Anolis).

La morfología de los anolis en términos generales, es la de unos pequeños lagartos delgados, casi todos presentan las laminillas subdigitales que les confieren en buenos escaladores por casi cualquier superficie por lisa que sea.

Otra característica que los define a todos es la papada roja o bandera rostral, que se utiliza para la comunicación intraespecífica.

Su alimentación es en su mayor parte de insectos y otros pequeños invertebrados. En algunos casos puede ser frugívora.

En la República Dominicana podemos encontrar 29 especies de Anolis:

" Anolis alumina Hertz 1976
" Anolis armouri Cochran 1934
" Anolis bahorucoensis Noble & Hassler 1933
" Anolis baleatus Cope 1864
" Anolis barahonae Williams 1962
" Anolis barbouri Schmidt 1919
" Anolis brevirostris Bocourt 1870
" Anolis chlorocyanus DumÉril & Bibron 1837
" Anolis christophei Williams 1960
" Anolis coelestinus Cope 1862
" Anolis cristatellus DumÉril & Bibron 1837
" Anolis cybotes Cope 1862
" Anolis distichus Cope 1861
" Anolis etheridgei Williams 1962
" Anolis fowleri Schwartz 1973
" Anolis insolitus Williams & Rand 1969
" Anolis longitibialis Noble 1923
" Anolis marcanoi Williams 1975
" Anolis olssoni Schmidt 1919
" Anolis placidus Hedges & Thomas 1989
" Anolis porcatus Gray 1840
" Anolis ricordi DumÉril & Bibron 1837
" Anolis semilineatus Cope 1864
" Anolis sheplani Schwartz 1974
" Anolis shrevei Cochran 1939
" Anolis singularis Williams 1965
" Anolis strahmi Schwartz 1979
" Anolis whitemani Williams 1963

Mi primera intención fue fotografiar los anolis que ocupan todo el ecosistema del palmeral costero. La enorme franja de playa tropical que rodea a la isla está formada en su mayor parte por vegetación de palmeras donde se han ido disponiendo diversas colonias de Anolis whitemani y Anolis cristatellus.

Estos anolis se dedican a lo largo del día a comunicarse entre ellos y a marcar sus territorios se podría decir que la colonia entera está en un permanente cortejo reproductivo. Los flashes de sus banderas rostrales se abren una y otra vez siendo muy interesante de observar sobre todo en unas colonias que cuentan con un número tan grande de individuos. Estos anolis han perdido en parte el miedo por los seres humanos y suelen ser muy atrevidos en sus acercamientos.

Anolis whitemani

La jornada que pasé con mis amigos los anolis costeros fue inolvidable, el mar azul de fondo y allí todo lleno de pequeños reptiles saltando a mi alrededor como si de un Jurasic Park en miniatura se tratara. Debo añadir que son unos cazadores implacables y no se arredran en saltar en el aire para cazar un rico y gordo mosquito.

Anolis cristatellus

Verdaderamente me sentía en la "Isla de los Anolis", en el paraíso de estos pequeños reptiles. Y el viaje no había hecho nada más que empezar. Me sonreía al ver lo felices que parecían mis pequeños amigos quizá riéndose de esta fotógrafa aficionada a la naturaleza que presentaba ya aquel aspecto tostado y acribillado por los implacables insectos de la zona.

La siguiente excursión, la que llevaba tiempo esperando, fue descubrir la belleza de la selva tropical caribeña. Después de pertrecharme de todo lo necesario y quizá de aquello innecesario que siempre se lleva y una no sabe porqué, me encontré como por arte de magia (en que líos me meto) dentro de un vehículo todo-terreno que se camuflaba a la perfección con el paisaje que atravesaba. Y no era por su pintura, si no más bien por su falta de ella. El viaje a la selva fue increíble, demencial, interesante, pero sobre todo inolvidable. Después de recorrer esos infernales caminos que nos iban internando en el territorio donde los árboles son los reyes y el mundo parece dejar paso a otra dimensión, fuimos llegando a los senderos transitables de la selva. Y por fin paramos.

La selva tropical que estaba visitando era el paraíso de las palmeras. Grandes palmeras reales desafiaban el dosel del bosque húmedo. La vegetación era densa y húmeda. El ambiente cálido dejaba una pátina de humedad constante en todo. Los árboles y las plantas goteaban de humedad. Preciosas bromelias decorando las alturas, increíbles orquídeas que crecían en los sitios mas inocentes como el pequeño huequecito de una rama a casi ras de suelo.

La selva tropical es la competencia vegetal desmedida. Es la lucha de las plantas por ocupar el máximo espacio y llegar antes que las demás a la luz solar. Un árbol viejo de repente se oye crepitar en lo más profundo de la espesura coreado por la sinfonía de gorgojeos y chillidos de los pájaros. En seguida ese espacio que quedará será ocupado por un afortunado brote que se apresurará a crecer lo más rápido posible y ocupar ese puesto en el orden vegetal de la selva. En este paraíso de ramas y raíces aéreas. En este mundo de frondosas hojas grandes como tejadillos de las palmeras, vemos correr a nuestros pequeños reptiles, a los seres que venimos buscando por ya nuestra isla de los anolis.

Los anolis que puede contemplar una vez que mi cabeza se centro en algo concreto, fueron de dos especies. Los preciosos bicolores verdes y azules del Anolis distichus ignigularis.

Y los más robustos y marrones, los Anolis cybotes.

Estos anolis poblaban la selva con las mismas pautas de conducta que sus compañeros costeros aunque les noté quizá, más reacios a la captura fotográfica de la naturalista aficionada.

Ya al declinar el día al salir de la selva tropical cansada más por el calor, la sudoración, los mosquitos y las sensaciones tan densas, no podía dejar de despedirme de mis amigos los anolis y desear que su selva se vea siempre así... pero no sé... grupos de turistas vocingleros dando tumbos en guaguas destartaladas nos adelantaron. Quizá alemanes tostados o ingleses cocidos como camarones, lo mismo por dentro que por fuera. Y la nostalgia de mi isla de los anolis fue cada vez mayor. Y me dije: "Espero que vosotros amigos pequeños y verdes sigáis ahí, porqué, como es evidente, ya no podré evitar el volver otra vez".

Espero que os guste a todos este artículo que narra las vivencias tropicales de esta aprendiz de naturalista y sobre todo debo agradecer la simpatía, el cariño y la amabilidad del pueblo dominicano que tan bien me trató durante mi estancia en su preciosa isla.

 

Texto y Fotos: Luty


Dr. Pez © Jesús Salas y Carlos Garrido, 1997-2007. España