¿Qué es realmente una mascota?. ¿Qué es ese animal que nos acompaña en nuestros devenires domésticos y para el que somos dios, padre y espíritu santo?. Esos pequeños seres (siempre hay algún exagerado que mete un tiranosaurio rex en su casa, que de todo hay en este loco mundo), en muchos casos tratados sin respeto a la vida, sin pensar en si sufren o no, como si de pequeños juguetes de cuerda se trataran para alegrar los ávidos instintos salvajes de algún jovencito pecoso, o las extravagancias arrogantes de algún "profesional" del terrario doméstico.

Seguro que os sorprendéis de que empiece y me estrene en esta oportunidad que me brinda Kaloula y ante esta buena gente que aquí brega todos los días, entrando al grano y lanzando ya una andanada de crítica en la línea de flotación del ego de este mundillo aficionado. Pero yo seré así de ahora en adelante y en los números que vendrán de la revista. Y habrá al que no le guste y habrá el que se sienta reflejado. Pero, eso si, no me morderé la lengua (espero que no porque un Physignatus decente como yo la usa para casi todo).

Y después de este saludo, y de esta presentación en el estilo reptilero más directo que conozco, sigo con el tema, protesta y cuestión de esta primera mirada de este dragón su fiel servidor.

Yo a veces me pregunto porque algunas personas sienten el deseo de tener dentro de un recinto de cristal del tamaño de una caja de Ferrero Rocher una iguana adulta en todo su esplendor de color, fuerza vital y mala leche propia de los machos viejos. Y aun así, no es un caso aislado el ver estos tremendos animales, preciosos y con ese toque de lo atemporal, metidos a presión en tan exiguo espacio mirando con paciencia al descerebrado ser que se denomina su dueño. En estos casos me pregunto quien es el animal, pero en la acepción figurada del término. Porque, señores y damas amantes de estos reptiles (que ya va habiendo unas cuantas muy emprendedoras) como se puede ser tan burro, por no decir asno, de comprar esa pequeña lagartijilla que no para quieta en la yema de un dedo, de color verde resultón, que nos mira con mas hambre que vergüenza desde la vitrina de la tienda. Y que el ufano vendedor mal pagado de turno nos dice muy serio y profesional: "Si, es una auténtica iguana". Como si existieran iguanas falsas, aquellas de segunda o estas clonadas. Eso lo oí yo una vez, pero eso ya será otra historia.

Y llevarnos a nuestras casas a este ser pequeño y vivaracho con la alegría metida en el cuerpo y las ganas de saberlo todo de él. Eso si, saberlo todo por alguien que se lo cuente, porque lo que es abrir la tapa de un libro eso ya es harina de otro costal. Porque algunos de nuestros más dilectos cuidadores, que los hay unos cuantos, muchos, demasiados… no se informan usando los ojos para leer una sola palabra ni aunque los aten las manos y los pies con grilletes y los pongan el libro a cincuenta centímetros de la cara en la pagina fija y los parpados abiertos con grapas. "Que no pasa nada por leer de vez en cuando una ficha de Internet o un párrafo de un libro, que no quema"; me quedo con ganas de decírselo alguna vez a estos aficionados de la era poco-digital.

Pero sea como fuere, aprenda el tipo en cuestión mucho o poco, o haya tenido la fortuna de caer en una buena web que las hay unas pocas (pero no se crean todo lo que en ellas se cuenta). Y si este amigo ilusionado con el ser verde que tiene en el tupperware en espera de ser metido vaya usted a saber donde; se hubiera, como ya digo, informado algo. Se habría dado cuenta de que ese pequeño ser, del tamaño de un canario, cuando se le pone algo de comida, una luz adecuada y algo de afecto, y se deja que las hojas del calendario se caigan solas, puede alcanzar la talla de un metro con mucho desahogo.

Del tamaño de un caimán pequeño y gordo como una columna de la mezquita de Córdoba.



Y así, pasa lo que pasa, que tras los años y habiendo muerto la ilusión que se tenía de tener algún bichillo nuevo y ver el enorme dinosaurio que campa ya solo en parte de la habitación, se empieza a fraguar en la cabeza de nuestro ya veterano aficionado la idea de darle más espacio a su viejo amigo. "Más espacio que en el campo en ningún sitio"; se dice a si mismo con esa sonrisilla de inocencia que ponen lo ladrones de las cajas fuertes cuando sufren por verlas llenas a rebosar.

"Y para que nos vamos a ir a esos bosques tan lejanos, que vaya usted a saber que animales tremendos y devoradores de iguanas puedan habitar. Si tenemos aquí mismo este bonito jardín para deleite de los niños, ancianos y perros que nos dejan sus mierdas", (ahora se dice caquita porque es más fino pero cuando las pisas las sientes y las hueles igual que antes). "Y sin olvidarnos, precioso jardín también para deleite de iguanas viejas y grandes".

Y allí en los jardines y campos periféricos de estos mundos de hormigón que llamamos ciudades acaban estos amigos reptilianos. Y todos nos alarmamos muchísimo, porque todos nos decimos muy serios; "¿cómo se puede hacer eso con una animal?".

Pero, nunca se sabe quien se verá tentando de nuevo por ese pequeño duende verde de ojos vivos que habita en una urna de la tienda de animales. ¿Quién será el próximo?. A lo mejor el próximo eres tú.

Un saludo desde mi rama,

Physi

Texto: Dr. Pez


Dr. Pez © Jesús Salas y Carlos Garrido, 1997-2008. España