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SALVADOS POR LA LEY
La Ley... ¿Qué es la ley?. Es una buena pregunta, ¿ verdad?. Y más si viene de un lagarto desvergonzado con pocas ganas de acatar ninguna norma y muchas de transgredir, de revolver al lector un poquito en su asiento mientras pasa las migas de la cena o se rasca la barriga de forma indolente delante de la pantalla de su monitor.
¿Y a quién protege la ley?. A mí no, claro está. Y no creo que lo haga con ningún colega de mi especie. Y mucho menos con algunos de mis primos más lejanos viperinos o no. Y por supuesto, a ningún modesto o menos modesto cuidador de reptiles, anfibios o similares.
Yo creo, y corregidme si me equivoco, que la ley aparece un buen día de verano en el café de desayuno de algún político desocupado. Este vehemente funcionario del bienestar público velando siempre por el pueblo que le paga sus desayunos, sus comidas… y hasta los calcetines que lleva puestos, decide un buen día que ya es hora de legislar por el bien general y del mundo mundial y salvar de la extinción total a los pobres seres inferiores y bestezuelas que campan felices por los bosques y campiñas. Y se pone sus gafas de escribir, toma su mejor pluma de regalo de promoción y rasca el papel sin temor con las primeras letras de una ley que ya nace pervertida por la ignorancia del que la hace y la estulticia de los que la corroboran y apoyan.
El buen político salvador de la fauna decide legislar. Hay Dios mío, u "Oh my God" como dirían los yankis, que de legislar a lo bobo saben mogollón. Y legisla y mete la pata, el cuezo y el corvejón. Y nos pone a la fauna y flora que con tanta tranquilidad viven sin saber de leyes y leguleyos, al pairo de la tontada y el despropósito. Y es así como nace una ley que los pretende defender. Una ley para salvar la vida salvaje, una ley que protege a los débiles seres reptantes del bosque, el río o la marisma, de los grandes brutos llamados hombres.
Según esta ley, o estas leyes, de este país o del otro, no importa el cómo ni el dónde, y muchas veces ni el qué. Sólo importa que se proteja todo sin tino, sin una pizca de cerebro invertido en el proceso.
Pero qué gran tranquilidad tendrán mis colegas salvajes. Los que ven la luna por la noche, o el sol radiante desde la rama de su árbol de todos los días. Qué bien se deben sentir cuando un gordo político traga bollos de desayuno, les proteja de ser exterminados. Seguro que ahora ya duermen más tranquilos y se pasan todo el día por el bosque felices sabedores de que la mano artera de ningún desaprensivo les pillará por sorpresa, o que el pie rápido calzado por una bota escolar no les despachurrará sin piedad.
Ahora que todos estamos bajo el amparo de la ley, es otra cosa, donde va a parar. Ya nadie nos va a verter su mierda en formato de producto de desecho con etiqueta de calavera y huesos cruzados. Ya nadie nos vendrá a alisar un poco la zona donde solemos salir a cazar algún insecto despistado con la pala del bulldózer. Si es que vivir así es una gozada.
Al pobre científico decimonónico que le dió por catalogarnos con nombre y apellido, en formato de género y especie, le daría un jamacuco y se volvería a caer en la tumba, si viera el uso que hacen de su magna clasificación los políticos emprendedores defensores de este planeta verde. Me lo contaron y me lo tuvieron que contar otra vez porque uno puede ser un humilde lagarto, pero hay cosas que ni un serio reptil puede reprimir para no desternillarse de risa.
A uno de estos defensores al servicio del estado y del pueblo que lo paga, se le ocurrió un tal día como hoy que ya tenía la receta mágica y secreta para de una tacada, como en el billar americano, meter todas las bolas de una vez y dejar la blanca sin colar en el agujero. Vamos que el descubridor de la pólvora a su lado era un débil mental.
Ni corto ni perezoso este ser de tan gran visión escribió una ley donde se protegía a los pequeños seres en peligro de desaparecer. A aquellos con más riesgo de dejar este mundo a manos de desaforados furtivos y gente de mal vivir, ¿y cuál podían ser estos seres si no eran los que en su nombre científico no ponía el término "común"?. Este sesudo legislador se dió cuenta, en su genio sin igual, que todos aquellos animales cuyo nombre albergaba el término común, no debían ser protegidos, ya que si eran comunes deberían ser numerosos, y por ende, abundantes. Yo creo que él ya se imaginaba a todos estos pequeños animales en grandes manadas de millones de ellos saltando por la campiña, todos comunes. Millones de seres "comunes" abarrotándolo todo…
Y por otra parte, y en la antítesis de su ley, estarían aquellos cuyo nombre científico no contenía el término "común". Éstos serían aquellos más raros, más singulares. Aquellos a los que había que proteger como trozos de ámbar o perlas de incalculable valor. Y así, muy ufano, el legislador legisló, y la ley aberrante vio la luz… para asombro de sensatos, de científicos y hasta de los propios animales si me apuras.
Ahora estamos en una época parecida. Estamos en una época de convulsa necesidad de legislar la vida y milagros de mis primos los que viven en los miles y millones de hogares de los aficionados. Y ya se han vuelto a despertar de sus poltronas los políticos sabios y eruditos creadores de leyes que parecen salidas de un libro de Tolkien. Ahora se barrunta el término "núcleo zoológico", se escucha en los rincones de la tiendas de animales, se sisea en los foros más irreverentes. Se discute en las charlas de ferias y simposios. Ahora ya se ve en el horizonte una ley gorda y oronda que vendrá a poner orden en este pandemónium de animales que apilan muchos de los aficionados a las mascotas domésticas. Y a mi me tiemblan las rodillas solo con sentir el aire que produce ya la pluma del legislador al empezar a verter artículos implacables.
Pobres aficionados que ahora se quejan de sentirse al margen de ley; que poco saben ellos que no tardará el día en que llegue ese iluminado y decida poner orden en el caos que verá desde el fondo de sus gafas de sol a través de su vaso de cubata. Y lo que hoy es una incertidumbre mezclada con mucha dosis de injusticia y despropósito, será ese día glorioso una nueva ley que regule el asunto de los tan traídos núcleos zoológicos. Una ley salvadora que nacerá al ritmo del hula-hula bailado por los animales de una película de Disney, que son los únicos que habrá visto en toda su vida este salvador del medio natural. Y los pobres aficionados sabrán lo que es estar regulados, o por decirlo de otra forma bien jodi… con perdón.
Así es este mundo en el que vivimos. Y si un humilde dragón sin estudios lo puede ver, seguro que vosotros también. Y por eso brindo por la ley que nos salva a todos de la barbarie en la que sin ninguna duda caeríamos victimas de nuestros instintos animales. Que por otra parte… si nos paramos a pensar son los únicos instintos que tenemos.
Hasta más ver...
Physi
Texto: Dr. Pez
Dr. Pez © Jesús Salas y Carlos Garrido, 1997-2008. España

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